Esta receta empezó como un reto personal, jamás había usado gelatina en polvo y pensé que sería una buena opción para una deliciosa tarta sin utilizar el horno absolutamente para nada.
Tras investigar un poco por la red y por la biblioteca, y tras un par de intentos fallidos (aunque comestibles), hoy os puedo traer esta receta y unos pocos apuntes sobre el uso de la gelatina.
Las gelatinas
Según Harold McGee, la gelatina “es un “proteína que se extrae de las pieles y huesos de los animales”. Dicho así, suena un poco desagradable, ¿no os parece? Tanto se puede utilizar en platos dulces como salados, así que además de ser un ingrediente barato, es muy versátil.
Con una dosificación adecuada, convierte cualquier líquido en una masa sabrosa, compacta y húmeda que se deshace en la boca. Eso es porque la gelatina se disuelve en los líquidos calientes o tibios, se compacta al enfriarse pero puede volver a su estado inicial cuando se calienta otra vez. O sea, que es importante que cuando vayamos a incorporarla a la receta, la masa o la crema estén totalmente cocidas porque no podremos acabar de cocerla una vez incorporada la gelatina. También deberemos conservar en frío el postre resultante.
Los dos tipos de gelatina que se utilizan en repostería son: en polvo y en láminas.